Hay que sacarle provecho a la cara de borracho | LPTP

Ojalá tuviera la cantidad de mujeres que dicen que tengo, ojalá bebiera lo que dicen que bebo, si tuviera la felicidad que reflejo; estaría en paz.

Tenoch C.

Cuando las personas me miran, no ven a un alcohólico, ven a un tipo que bebe cada viernes, que conquista mujeres en los bares, que nada más “tiene cara de borracho”.

Ven a un “periodista” que cumple con la mayor cualidad que tiene ese oficio: ser un bebedor por convicción.

De hecho, así comenzó mi amorío con el alcohol.

Cuando trabajé como reportero en una revista de poca monta. Me enviaban a cócteles, inauguraciones de galerías, presentaciones de libros, premieres de cine; todos estos eventos tenían algo en común. Al terminar siempre daban de beber.

Y cuando digo que “daban” significa que habían cajas de licor de todos los tipos y marcas.

Siempre tuve esta teoría; si una película o una galería era muy mala, el recuerdo de la fiesta te haría escribir maravillas sobre lo que fuera. Primera cualidad del alcohol; da forma a una realidad alterada.

Para mi buena o mala fortuna, el alcohol nunca me condicionó a escribir cosas que no pensaba, hasta para un hombre despreciable como yo, era muy bajo venderme por unos tragos.

Como sea; fui tomando el gusto por la bebida. Esto me llevó a llegar diario al trabajo con un termo; en ese envase  el café y el brandy se besaban mientras llegaban al clímax.

Esa combinación me hacía despertar y “escribir de forma fluida”, es claro que esto solo era un pretexto para mantener mi sangre más espesa durante todo el día y no aceptar que no tenía ni el más mínimo talento para hacer periodismo.

La verdad es que nadie leía las notas y eso me daba espacio para equivocarme y escribir incoherencias pensando en que el vino me daba un “poder literario” en donde, según yo, podría simular a Hemingway.

Nadie te dice que eres alcohólico o que tienes un problema porque: Así es tu trabajo. Los periodistas toman mucho porque así es su ritmo en las redacciones.

Toman una copita para no estresarse; no ves que así les llega la inspiración, este tipo de excusas, por demás idiotas, me hicieron creer que todo estaba bien.

Ya metido de lleno en el alcoholismo choqué mi auto dos veces; la primera fue junto a una mina que conocí en una premier en la Cineteca. Justo antes de entrar al motel un BMW se me cruzó y sumí su puerta, el tipo quedó prensado y de paso arruinó mi noche sexual. 

La segunda vez que me estrellé fue en una madrugada de miércoles. Viajaba a 130 Km/h sobre el Periférico y sin saber cómo, me estrellé contra una trave del segundo piso en Vaqueritos.

En esa ocasión me rompí el tobillo y ni siquiera sentía dolor. Bajé del auto y caminé cincuenta metros con el hueso expuesto, me senté en el asfalto húmedo y vi salir el aceite de mi carro hasta que llegó la ambulancia.

Voy a aclarar un punto. El decir que un hombre quiere mucho a su carro es falso. La verdad es que me dolió más tener que estar dos semanas en el hospital sin probar siquiera un vasito de cerveza.

El chiste es que nada me detenía de beber, perdí todo; dinero, mujeres, familia, amistades, dignidad, talento, tiempo, pero nada me frenaba de tener un termo de aluminio con vodka en mi escritorio.

En otra ocasión, oriné sangre y saliendo del baño fui al refrigerador por una cerveza. El malestar se fue a los pocos días.

Los dolores en los riñones eran insoportables y solo se me quitaban con tres caballitos de tequila más dos pastillas de paracetamol.

Te acostumbras al dolor, de hecho te acostumbras a todo, por algo la evolución es fundamental; solo sobreviven los hombres que se adaptan al cambio. Otro argumento idiota que repetía en cada consulta con el médico.

Acá en la calle del vicio estás solo, tu familia sufre, pero no es su decisión y quizá eso sea lo más doloroso.

Cuando mi familia me quería alejar del vicio pensaba: ¿Por qué no me dejan ser libre?, cada quien se muere con lo que quiere. No me quiero morir por dinero o mujeres, mucho menos por cocaína, quiero beber, porque bebo poco y durante todo el día, sí, pero siempre es poco y siempre es mejor morir a gotas.

Era momento de vivir solo

Recuerdo que en la mudanza cuide mucho todas mis botellas, las más baratas las tiré porque podría ser un borracho, pero nunca un miserable que no tuviera para comprar buen vino.

Entre las muchas reglas que descubrí mientras bebía había una muy importante: Si te vas a morir de alcohol que sea el mejor alcohol del mundo; la palabra alcohol en esta frase se puede sustituir por: Amor, infidelidad, trabajo o el vicio que usted, amable lector, tenga.

En el trabajo todo iba genial, hacía tres notas “periodísticas” al día, escribía reseñas para una revista de cine, leía, bebía y repetía el ciclo una y otra y otra vez siete días a la semana.

Otra regla que cumplía era; no probar nada de alcohol antes de las 11 de la mañana, después de esa hora podía beber de todo hasta antes de las 11 de la noche.

Otra regla básica era no beber hasta perder el juicio. Este lineamiento lo ocupaba en los eventos que cubría. Dentro de la fiesta mostraba moderación y al llegar a casa me metía al cuerpo las botellas que me faltaban.

Fue así como formé una tregua con el alcohol.

Seguía siendo alcohólico, pero ya no uno de esos que se pierden, ahora era más refinado.

En este vuelo, renuncié a la revista porque sentía que era muy poco para mí y busqué un empleo de mayor alcurnia.

Seguía escribiendo para sitios de cine y cultura en internet; esto me permitía comer gratis y seguir en eventos donde siempre estaba mi ardiente dolor.

Era divertido ir a las premieres. Siempre me colocaba en una esquina del lugar, tomaba entre mis manos una copa de lo que fuera y me dedicaba a ver a otros periodistas que buscaban la foto con artistas o escritores o políticos y toda aquella persona que saliera en la tele o fuera mínimamente famoso.

En esos lugares, yo solo me dedicaba al oficio del sorbo y me asqueaba ver lo que tenían que hacer los “periodistas” para relacionarse.

Vi reporteras de periódicos importantes acostarse con artistas de TV Azteca para sacar la exclusiva.

Vi hombres que entregaron su cuerpo a senadores de ultraderecha.

Vi fiestas interminables en donde ya no sabía si ser alcohólico era mejor o peor que prostituirme en un ambiente promiscuo por naturaleza.

Así estuve dos años, gastando mi tiempo, adormeciendo mi cerebro, el temblor en la mano derecha que había aparecido en los primeros meses del alcoholismo ahora era como respirar, siempre estaba ahí. Mis ojos llenos de vidrios ya no se podían esconder en ninguna foto.

El día que llegaron los huéspedes

Cuando pensaba que estaba en una relación estable con el alcohol, resulta que no lo estaba.

Recuerdo que entré a trabajar a Radio Educación para cubrir temporalmente a una redactora que estaba en plena lactancia.

Me tocaba abrir la edición a las 4:30 de la mañana.

La redacción era fría y los sorbos de ron eran más que indispensables para calentar las manos.

Ahí conocí a Francisco de la Croix; era un redactor que me ayudaba a generar los textos para el noticiero matutino.

Todas las mañanas trabajábamos de 5 a 7 sin descanso y a las 7:05 nos frotábamos las manos mientras compartimos el café con piquete en las bancas del jardín dentro de la estación.

Paco era un tipo agradable. Era grande, miope y siempre vestía de camisa a cuadros.

Nos llevamos bien desde la primera mañana que trabajamos juntos. Había estudiado en la misma facultad que yo y eso nos hacía tener cosas en común.

Tenía algunas expresiones que me hacían pensar que era de esos niños grandes y regordetes que sus padres los metían en bermudas todos los domingos para ir a los desayunos familiares.

Siempre noté algo raro en él, pues solo trabajaba de 4:30 a 9:00 de la mañana, decía que, tenía otro trabajo en un periódico deportivo y al salir de radio entraba a ese otro trabajo.

A los tres meses de conocernos comenzó a faltar. Llegó una semana donde tenía cuatro días sin aparecerse por la redacción.

Me preocupé y tuve estados de ansiedad como nunca antes. El no tener a mi amigo todos los días escribiendo me llevó a entender que seguía siendo muy aprensivo con las personas.

Algo me decía que, Paco no volvería y así fue. Nunca lo volví a ver.

Paco se había ido sin despedirse

Pregunté por él en Recursos Humanos y a mi jefe directo, pero parecía que nadie sabía de él.

Echaba de menos su forma de escribir, su talento y el tic que tenía cuando sus lentes resbalaban sobre su nariz.

Un mes después de la partida de Paco comencé a romper todas las reglas acordadas con el vicio. Bebía mucho a todas horas.

Un lunes llegué a la redacción borracho y sin dormir un solo minuto, intenté escribir de forma coherente con el reto que conlleva tener dos botellas de mezcal sobre mi hígado. Fue una mañana desastrosa.

Dije que tenía calentura y mi jefe fingió no notar el olor a Maguey procesado que emanaba de mi cuerpo. Me mandó a casa.

Ya más tranquilo en casa; llegué al baño para intentar, por quinta vez, orinar.

Mientras me miraba mi pene y lo sacudía como animando a tirar la orina acumuladad escuché la voz de un niño: Te dije que me llevaras a mi casa. Cuando giré para ver de dónde venía esa vocecita no encontré nada.

Moví la cortina del baño y solo estaba el azulejo roto que partí con mi cabeza en una noche de locura.

Salí a la sala y sin saber mucho de mí, supuse que era momento de dormir.

Estaba intentando encontrar tranquilidad cuando de nuevo escuché: dijiste que ése era mi pedazo de cama.

Pero de nuevo no había nadie en mi cuarto, lo sé porque revisé debajo de la cama y me quedé a dormir en el suelo porque las fuerzas no me dieron para regresar al colchón.

Esa primera alucinación me hizo saber que algo andaba mal.

La señal de supervivencia ya se había activado

Me dio miedo, pues siempre he preferido mi intelecto sobre todas las cosas y el comenzar a perderlo me puso en alerta.

Lo anterior es por algo básico, gracias a mi cabeza puedo conseguir dinero para mantener alcohol en mi repisa. Sin mi lucidez no soy nada.

Fui con un doctor y me dijo una obviedad, tenía que dejar de beber.

Me excusé diciendo que fue solo una recaída, pero que ya casi no bebía.

Supuse que podría moderar las cantidades y nuevamente volví a prometer respetar los horarios.

Esa semana terminó mi estancia en Radio Educación y en un episodio donde me encontraba sobrio, supe que ningún Francisco de la Croix había entrado a trabajar, ni ningún alto, ni ningún gordo con cara de niño, que nadie bebía conmigo en el jardín a las 7:05.

El único que había estado seis meses en la redacción haciendo las notas a las cuatro de la mañana había sido yo.

Me preocupaba mucho haber alucinado durante tanto tiempo; esto lo reflexionaba sentado en mi sillón con un vaso de tequila en la mano.

Las voces se hicieron más frecuentes y no solo era la de un niño, sino que escuchaba algo parecido a la voz de una anciana.

Decía frases como: “peinate diferente” o preguntaba… “¿Cómo está Paco, aún escribe para el noticiero?”.

Era un infierno y me aterraba, en las noches se calmaban y era entonces cuando escribía, aunque ya ninguna revista quería que le escribiera.

Hice caso al doctor y comencé a dejar el alcohol.

Durante todo septiembre no bebí una sola gota, ni siquiera lo olí, pero las voces seguían.

Lloraba furioso por la desesperación de seguir escuchando frases que no me decían nada. Ahora me daban órdenes; “visita a tu madre y besa su frente”

Los huéspedes no se iban y con total sensatez decidí que, al igual que el dolor en el riñón y los espasmos en el hígado, había que acostumbrarse, así que tomé una decisión.

Dado que nadie me contrataba para escribir, ni para reportear y las fiestas gratuitas se habían ido, decidí dedicarme a otra cosa.

Fui a varias entrevistas de trabajo, pero la realidad me golpeó como a los miles de profesionistas del país.

Los cuatro años de carrera servían para muy poco y la cara de borracho no ayudaba para nada.

El choque entre el dedo medio y el pulgar

El tiempo también es parte de la naturaleza, por sí solo te renueva en el momento indicado para cumplir con la función de mantenerte vivo.

Cuando estás a punto de morir de tristeza, de amor o alcoholismo, el tiempo cumple un ciclo y te renueva, dejas de agonizar y si sobrevives al cambio vuelves más fuerte, evolucionas.

En el amor, el tiempo comienza a diluir los recuerdos en tu mente y un día dejas de pensar en tu última derrota.

Con el alcohol funciona igual. El tiempo te ordena en un nuevo ciclo y te limpia. Dejas de beber porque ese ciclo terminó y si no aguantas el cambio mueres. Es todo tan natural.

El tiempo para mí llegó en el momento en el que comencé a escuchar voces; una doctora dijo que aquellas “alucinaciones” se llamaba: Representación distorsionada del pensamiento.

Las voces me acompañaban hasta en las entrevistas de trabajo, en el cajero, cuando intentaba dormir, cuando intentaba dejar de beber, era muy extraño pues cuando más sobrio estaba era cuando más hablaban.

En las noches me sentaba con angustia al filo de la cama y me preguntaba el momento en el que llegarían a hablarme.

Tal vez no esa noche, pero quizá en la mañana siguiente. Quizá cuando pidiera un café en la esquina o cargara a mis sobrinas. Ahí estarían esos huespedes, como yo los llamé.

Intenté sustituir un vicio con otro.  Fumaba dos cajetillas de cigarros, Red Apple´s, lo cual terminó por  aumentar la ansiedad.

Además descubrí que el temblor en mi mano derecha había incrementado y comenzó a darme un nuevo síntoma, ahora se me adormecían los dedos. Llegué al límite.

Para esas semanas había conseguido un trabajo como Copy en una agencia que recién comenzaba.

Pero el hormigueo y el temblor en mis manos me impedían redactar el contenido de tres párrafos.

Había perdido todo. Era incapaz de escribir y también de pensar con claridad.

Aquella noche ya no lloré a la orilla de la cama, solo miré mi mano por una hora y sabía que el fin, de lo que fuera, había llegado.

Preparé un café, saqué el ron que estaba debajo del lavabo y me senté en el comedor mientras en la casa de la vecina sonaba “una canción para la Magdalena” de Joaquín Sabina.

Seguía con la mano derecha adormecida y mi desesperación fue tal que le pegué a la mesa de metal de la sala.

Un golpe, enseguida otro y al poder cerrar el puño me fui contra la puerta del refrigerador.

  • ¡Responde hija de puta! – le decía a mi mano derecha

Mi mano no respondió aquella noche hasta que terminé con aquella botella de Havana Club y pude escribir.

Al día siguiente llamé a la agencia para avisar que no tenía los textos que me habían encargado y así de holgadas como son las agencias, me dijeron que no me preocupara.

Cuando colgué el teléfono ya no sentía malestar en mi mano, ni en mis dedos. Me mordí las uñas y moví los dedos durante una hora, chasqueaba con mi dedo medio y el pulgar.

Lo hice cada vez más fuerte, más rápido. El chasquido me hizo sentir funcional. Me concentré en mis dedos y pensaba en el libro inconcluso de José Agustín que estaba en el buró.

Un día igual te vas a morir

Hace una semana mi hermano me avisó que mi ahijada cumplía años y fingí que sabía que cumplía cinco años, pero me corrigió diciendo que eran tres.

Estaba partido y era obvio que lo menos que quería era ver a mi familia, porque en esas reuniones familiares a uno siempre le preguntan cómo le va en la vida, cuánto dinero tiene, si ya cambiaste de carro. Banalidades, pues.

Traté de inventar pretextos para no ir a la fiesta, pero la imaginación también se me había ido.

Incluso aquella semana hablé con las voces y les consulté mis excusas para no ir. Eres un perdedor, por eso no quieres ir, me dijo la voz de un niño.

La tarde del sábado llegué al lugar con unos tenis del número 17 y minutos después mi madre me informó que la niña era del número 13.

Bueno, algún día le quedarán, dije.

Todos sabían mi problema con el alcohol y también sabían que tenía dos semanas sin que estuviera cerca de mis botellas favoritas.

Salí a ver a la cumpleañera al inflable que estaba instalado en la calle. Recordé que cuando la bautizaron yo tenía a una novia, misma que se había ido con un hombre que era mejor. Pensé que tenía su encanto ser un padrino soltero y sonreír por tiempos que siempre fueron mejores.

La cara de borracho por fin sirvió para algo

La primera vez que me dijeron que tenía cara de borracho fue a los 12 años. Aquella vez veíamos una foto familiar y salí con mis ojos a medio cerrar, estaba torciendo mi boca y alzando las cejas. Sin duda, hice cara de borracho.

Desde entonces era un prejuicio común que tenían las personas hacía mí. La otra suspicacia más seguida en mi vida a cerca de mi cara era que “se notaba que yo era el tipo de hombres que contrataba prostitutas”.

Esos calificativos, infundados, me hicieron entender que no importa lo que seas, ni lo que hagas, el mundo está lleno de ojos que siempre te van a condenar.

Esta última deducción me llena de satisfacción, pues si vieran lo que soy por dentro sabrían que se quedan cortos al juzgarme.

Entendido esto, para mi lo de menos es que me digan que tengo la cara de borracho o que pago por placer, aunque de alguna manera, esto último todos lo hacemos.

Esto lo entendí mientras veía a mi ahijada brincar sobre un castillo inflable. Se reía y giraba en cada salto, su vestido azul marino con puntos blancos se aferraba al aire. Luego caía.

La sirena de una patrulla me despertó de aquel lapso y giré mi vista. Un policía vino hacia mí y dijo que si era mi casa.

– Técnicamente, no. Pero sí. Dije mientras sonreía

  • Esto no puede estar afuera. Dijo el gendarme mientras que soltaba una patada a la base del juego inflable

Respiré hondo y comencé a chasquear mis dedos suavemente. La ley siempre me ha dado un poco de miedo.

  • Lo quitaré, solo dejé que la niña salté cinco minutos más. Es su cumpleaños. -dije-
  • El problema es que necesito que lo quite de inmediato

  • El problema se acabará en cinco minutos – sonreí-

Para este momento la festejada ya estaba detrás de su padrino con cara de espantada. ¿qué clase de hombre sería si no defendiera a mi familia?

El oficial me acusó de estar obstruyendo la vía pública y me sentí como un vendedor ambulante.

Saqué toda la experiencia que me había dado el periodismo y solté un argumento tras otro, una ley sobre otra, cité la multa que me tocaba y que no movería el inflable.

Al uniformado no le importó mi labia y sujetó mi brazo derecho con fuerza, mientras  otro oficial descendía de la patrulla.

Para aquel momento mi ahijada había ido por refuerzos. Salió toda mi familia.

Mi mamá vio que me tenían sujetado de ambas manos y se sorprendió cuando le di un cabezazo a uno de los policías.

Mi papá entró al quite y pidió que me soltaran, el sainete ya era un hecho consumado.

Vecinos y perros callejeros tomaban su lugar para ver cómo me llevaban al Ministerio Público.

Luego de muchos jaloneos y dos escupitajos que aventé, estaba dentro de la patrulla.

Veía que hablaban con mi hermano y mi mamá, yo no escuchaba nada, de hecho solo quería que arrancaremos para irnos y conocer gente nueva en los separos, para ese momento de mi vida era lo único que me faltaba.

Pero la vida nunca hace lo que tu quieres que haga. Así que, cuatro billetes de 500 pesos funcionaron como llave y fianza express para que me sacaran de la patrulla.

Entré a la casa sin tener idea de qué había hablado mi familia con los policías. Más tarde, mientras bebía café con una dona de chocolate, supe que los guardianes del orden habían dicho que argumentarían que me llevaban por estar borracho en la vía pública.

A lo que mi hermano había respondido que tenía dos semanas que no bebía. Los oficiales me vieron y replicaron: ¿Cómo no!, mire la cara de borracho que tiene.

Fue cuando mi madre entró a la prórroga ante los uniformados y pidió que entendieran que estaba borracho: los borrachos no saben lo que hacen. Lo demás ya lo saben.

Aquella noche mientras pensaba de dónde sacaría los dos mil pesos para pagarle a mi familia dije: Bueno. de vez en cuanto hay que sacarle provecho a la cara de borracho.

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