Billy, como Billy Idol – La Pluma Tiene Permiso

Cuando era niño enfermé de hepatitis, las vecinas decían que era porque era muy enojón, mis tías decían que era porque me metí en una alberca donde estaba la enfermedad, lo cierto es que el doctor me dijo que tenía que descansar en absoluto por 6 semanas y comer todos los dulces que pudiera. Un sueño hecho realidad para un niño de 9 años. 

Recuerdo que acababa de empezar el año escolar y no hubo problema en faltar tantas semanas a la escuela. Para ese entonces, mi mamá y yo rentabamos un departamento en la colonia Sifón. Era un departamento en el quinto piso, pequeño y cálido.

Una de las ventanas daba hacía un jardín lleno de rosales y plantas de sombra. Del otro lado se podía ver el patio de una primaria y una avenida en donde los miércoles y sábados se ponía un tianguis.

Las primeras dos semanas fueron muy cómodas para mí, despertaba casi al medio día, comía el desayuno que mi mamá me preparaba y tomaba un puñado de caramelos macizos, luego encendía la televisión y veía caricaturas hasta las 7 pm. hora en la que llegaba mi madre de trabajar.

La semana 3 y 4 fueron un infierno, pues la rutina ya me había llevado al aburrimiento. A veces ponía una silla en la ventana y veía hacia el tianguis. Fue así que aprendí cómo  el señor de la verdura colocaba un imán pequeño en su báscula y no daba el kilo que cobraba. 

El aburrimiento seguía, así que para la semana 5 me cambié de ventana y ahora veía los rosales del patio y desde allí veía a las vecinas barrer su entrada.

Otras veces veía al señor del agua, era un tipo fuerte, cargaba 4 garrafones a la vez, usaba una faja de cuero y siempre que entraba al departamento d-304, ahí vivía doña Chuy.

El tipo tardaba de 10 a 15 minutos en dejar el botellón de agua, al salir ya no traía su faja, incluso salía sin el cinturón y bajaba las escaleras acomodando su camisa. Hubo días en que se subía el cierre al despedirse de doña Chuy.

Fue así que llegué a la semana 6, la última de mis vacaciones espontáneas, la verdad es que durante todo este tiempo solo sentí cansancio, nunca otro malestar. Poco a poco se fue quitando el color amarillo de mi cara y ojos y por fin recuperé mi color natural. 

La última semana descubrí un nuevo placer. Tenía mucho morbo por ver al señor del agua entrando al departamento de doña Chuy, por lo que no me separaba de esa ventana. 

Fue aquella semana que vi a un perro que llegó al edificio, un solovino, como se les llama a los perros callejeros en cualquier barrio pobre. Ese perro era una cruza entre un labrador y un salchicha. Su baja estatura y su cuerpo alargado lo hacían verse extraño cuando corría.

Yo le llamé, Billy, como Billy Idol.

El cruza de salchicha era negro con una mancha en el pecho color blanco. Sus patas eran grandes y tenía la trompa chata. Sin duda un espécimen muy peculiar. En el edificio nadie lo corrió, al contrario, muchos le daban de comer y beber.

A veces le aventaba tortillas. Abría la ventana, le silbaba y Billy corría en círculos cuando escuchaba mi silbido, el cual lo prevenía, pues desde el quinto piso le caerían desde tortillas remojadas en caldo de frijol hasta huesos de pollo.

Luego de salir de la hepatitis regresé a la escuela y Billy me acompañaba un par de cuadras, nunca lo acariciaba, es más ni siquiera le decía por su nombre, era una relación de conveniencia y respeto. Él me acompañaba por dos cuadras y yo le daba un premio a la hora de la comida, esa era toda nuestra relación. 

En pocos meses, Billy se convirtió en el perro de barrio: ese que a todos les mueve la cola, ladra si llega alguien extraño y se pierde por días o semanas, pero siempre regresa. 

Al llegar el invierno, Billy ya era un perro gordo, corría poco y ya no me acompañaba a la escuela, supongo que como en toda relación, ésta se acaba cuando los intereses se pierden y su interés por la comida ya lo encontraba en otro lado. 

A pesar de todo ese perro con cuerpo extraño seguía teniendo mi respeto, era como un pastor para los niños más pequeños del edificio, a los adultos les agradaba por su peculiar aspecto y parecía que moriría de viejo, suponía que al morir sería abono para los rosales, sin embargo, no fue así.

La última vez que lo ví fue un sábado. Hacía mucho calor en el departamento y abrí la ventana que daba al patio. Recordé mis semanas como voyerista y jalé un banco de madera para refrescarme con el aire que tímidamente llegaba hasta esa ventana.

En eso estaba cuando vi correr a Billy desde la calle, era perseguido por los hijos de doña Chuy, Roberto tenía 14 años y Alberto 16. Lo acorralaron en la pared del edificio y lo comenzaron a golpear de una manera salvaje, los tipos lanzaban gritos primitivos. Gritaban y aullaban como si los animales fueran ellos. Golpeaban la panza de Billy con sus botas de construcción, un palo y mitades de tabiques que tomaron de las jardineras.

Corrí hacia mi puerta y bajé corriendo lo más pronto que pude, los cinco pisos se me hicieron diez, la angustia hacía que cada escalón fuera más grande, bajaba de dos en dos escalones mientras les gritaba que lo dejaran. Billy lloraba.

Cuando por fin llegué. Billy estaba con sus ojos abiertos, sin brillo, no se movía, ya no lloraba, los hijos de Doña Chuy corrieron hacia la calle y reían, celebraban el acto. Varios vecinos salieron a ver lo que pasaba, pero era demasiado tarde, el buen Billy tenía abierta la panza, la cabeza llena de cortadas y su cola había dejado de ser un péndulo infinito.

Ahí estaba el perro. Sobre su propia mancha de sangre. Yo no me atreví a levantarlo o moverlo. El señor Fernando, vecino y administrador del edificio, fue por un costal a la tienda y ahí metió al salchicha mestizo que nunca supo que yo lo bauticé como; Billy. El carro de la basura se lo llevó, nadie quiso que lo enterraran en el jardín. 

Siempre tuve la duda de porqué esos tipos lo mataron. Doña Chuy se encerró por un mes en su casa, ya no habría su puerta ni para ver al señor del agua. Tiempo después se mudó y yo también.

 

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